Lloraba a mi bebé tras el parto, hasta que mi hijo de 7 años me susurró: “Mamá, no se fue. Vi lo que hizo papá”

quedamos ahí, juntos.

La puerta abierta

Una semana después fuimos a nuestra primera sesión con una psicóloga especializada en duelo perinatal. En la sala de espera, Gustavo me preguntó si estaba lista.

—No.

—Yo tampoco.

—Mejor. Así dejamos de fingir que tenemos que estarlo.

Esa tarde me paré frente al cuarto de Emilia. Durante quince días había pasado de largo frente a esa puerta cerrada. Esta vez la abrí. Las paredes verde menta, la cuna bajo la ventana, las cortinas con nubes. La jirafa esperaba en el estante.

Escuché pasos.