Mariana—, necesito decirle por qué su empresa quería que mi hija y yo abandonáramos este departamento.
Alejandro no respondió.
Solo miró el documento que ella apretaba contra el pecho.
Lucía seguía sentada frente a la máquina de coser, observándolos con esos ojos enormes que parecían entender mucho más de lo que una niña de siete años debería entender.
—Yo jamás ordené que las desalojaran —dijo Alejandro.
Mariana soltó una risa breve, sin humor.
—Pues alguien lo hizo usando su nombre.
Sacó la hoja otra vez y la extendió sobre la