por mi madre. Mi abuelo, que me amaba más que nadie, decidió qué parte de mi infancia podía recordar. Y Tomás decidió cuándo merecía yo la verdad.
—¿Puedo ser su papá? —preguntó mirando a Luna.
—Sí, puedes ser su papá. Pero no voy a volver contigo. No ahora. Tal vez nunca. Y no me prometas nada: ya tuve suficientes promesas. Demuéstramelo.
Sin más secretos
Tomás se fue de la casa de su padre. La herencia quedó a su nombre, pero los dos entendimos que el dinero nunca había sido el