poco, me contó la historia. Cuando yo tenía cuatro o cinco años, mi madre, Elena, trabajaba como ama de llaves en la casa de una familia adinerada. El dueño, don Federico, había quedado viudo y se obsesionó con ella. Mi madre lo rechazó. Él la despidió y usó sus contactos para que nadie más en la zona la contratara. Ella empacó todo y nos mudamos esa misma semana. Desde entonces, en la familia nunca más se nombró ese apellido.
Mientras él hablaba, me volvieron recuerdos que creía perdidos: un jardín