enorme, una bicicleta amarilla, y un nene de pelo oscuro que corría detrás de mí sosteniendo el asiento mientras yo aprendía a andar.
—Ese nene era Tomás —dijo el abuelo—. El hijo de Federico.
Esa noche abrí la caja de cedro que el abuelo guardaba desde que murió mi madre. Encontré una foto mía, de cuatro años, sobre la bicicleta amarilla. Detrás, un nene con un ojo claro y otro oscuro. Y debajo, cartas. La primera, con letra infantil: “Querida Elena, ¿a dónde se fue la niña? ¿Se llevó su