en su esposa.
Sus padres no la obligaron a aceptar, pero la joven comprendía perfectamente lo que ocurriría si se negaba. Por eso, dos semanas después, estaba de pie frente al altar junto a un hombre casi setenta años mayor que ella.
La boda fue lujosa, pero extraña. El novio apenas hablaba con nadie, no permitía que lo fotografiaran de cerca y llevaba finos guantes de cuero durante toda la velada.
Ahora, por fin, se habían quedado solos.
Arturo cerró la puerta del dormitorio y se acercó lentamente a su