hacia arriba.
Alondra se quedó paralizada. La piel comenzó a desprenderse de su rostro. Quiso gritar, pero no pudo pronunciar una sola palabra.
Unos segundos después, el cabello canoso, las arrugas y el rostro envejecido quedaron en las manos del hombre.
Frente a Alondra había ahora un hombre completamente diferente. Tenía unos treinta años. Su cabello era oscuro, sus facciones marcadas y tenía los mismos ojos que durante toda la velada le habían parecido la única parte extrañamente joven del rostro del anciano.
Alondra retrocedió un paso más.
—¿Quién eres?