puede servir para empezar.
Esa frase terminó acompañándome durante años.
Yo había pasado la vida pensando en términos opuestos.
Suficiente o insuficiente.
Poder o debilidad.
Comprar o perder.
Ganar o ser ganado.
Una niña me enseñó otra categoría.
Empezar.
Cuarenta y siete dólares no compraban una casa.
Pero podían empezar una conversación.
Una investigación.
Una resistencia.
Una relación.
Una vida distinta.
Y todavía recuerdo aquella primera tarde.
La taza de café.
El silencio del restaurante.
Los guardaespaldas desconcertados.
Una niña empujando un frasco hacia mí.
—¿Usted es mafioso?
Después:
—¿Puede