no cuadraba.
Saqué mi teléfono y le enseñé la foto que le había enviado a Ryan.
—Mavis, ¿cómo pasaron de estar en el centro de la mesa a terminar dentro del cubo?
—Golpeé la mesa.
—¿Entonces golpeaste la mesa con suficiente fuerza como para lanzar noventa y seis invitaciones al suelo, pero no derramaste ni una gota de agua?
—No me gusta que me interrogues.
—Destruiste nuestras invitaciones de boda.
—Fue un accidente.
—¿Las noventa y seis?
—No sé qué estás insinuando.
Antes de que pudiera decir algo más, Ryan