que yo era un ejemplo.
Solo había un hombre sentado en un porche, un perro demasiado viejo y una casa que de pronto parecía enorme.
Entonces dije en voz baja
las únicas palabras que todavía necesitaba escuchar.
—Me quedé.
Y desde aquel día, cada vez que alguien me habla de amor como si fuera algo limpio, fácil y hermoso, pienso en Mariana.
Pienso en aquella habitación.
Pienso en Bruno acercándose a ella sin una sola duda.
Y me hago la pregunta que todavía no sé responder por nadie más:
Si