diploma en una mano y el pequeño trofeo de cristal en la otra.
—¿Viste?
Lo abracé.
—Vi todo.
—El señor Sullivan me hizo una pregunta rarísima.
—¿Cuál?
—Mi edad.
—Quizá estaba impresionado porque eres joven para tu curso.
Leo aceptó aquella explicación inmediatamente.
—Puede ser.
Empezamos a caminar hacia la salida.
No llegamos.
—Laura.
La voz sonó detrás de mí.
Diez años.
Diez años sin escucharla pronunciando mi nombre.
Y mi cuerpo todavía la reconoció antes que mi cabeza.
Me detuve.
Leo también.
—¿Lo conoces? —preguntó.
Giré.
Ethan estaba a