Ahí estaba.
Me senté en su cama.
—Hace muchos años.
—¿Antes de que naciera?
—Sí.
—¿Era tu novio?
Casi sonreí.
—Algo más serio.
Leo frunció el ceño.
Después abrió mucho los ojos.
Era inteligente.
Demasiado.
—¿Fue tu esposo?
No respondí inmediatamente.
No hizo falta.
—Dios.
—Leo.
—¿El señor Sullivan era tu esposo?
—Sí.
Su expresión cambió.
No a sorpresa solamente.
Empezó a pensar.
Fecha.
Edad.
Parecido.
Mi hijo había ganado un concurso nacional de matemáticas a los ocho.
No podía esperar que no sumara dos y dos.
—Mamá.
Su voz