encontrar a Daniel para escuchar sus explicaciones o para preguntarle cómo había sido capaz de dejar a su hijo durante ocho años.
Arthur extendió la mano.
—Elena, hay otra cosa que debes saber.
—¿Qué?
—La boda no te convierte automáticamente en heredera de mi fortuna.
Lo miré confundida.
—Nunca quise su fortuna.
—Precisamente por eso te elegí.
Arthur respiró con dificultad antes de continuar.
—Hace dos meses cambié mi testamento.
—¿Y qué hizo?
—Separé mi patrimonio personal de las empresas. Mis hijos recibirán aquello que legalmente les corresponda, pero no