despacho alquilado en las afueras.
Entré.
Daniel estaba junto a una ventana.
Ocho años habían cambiado su rostro.
Tenía canas en las sienes y parecía más delgado.
Nos miramos.
Ninguno habló durante varios segundos.
—Hola, Elena.
—No me digas hola como si hubieras salido a comprar pan.
Bajó la cabeza.
—Lo merezco.
—Quiero respuestas.
—Las tendrás.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
—Aquí están los documentos originales.
No los toqué.
—Quiero saber por qué regresaste.
Daniel se sentó.
—Hace seis meses descubrí que Caleb estaba enfermo.
Mi corazón se aceleró.
—¿