que había creado para garantizar la educación y el futuro de Caleb.
El resto de su patrimonio quedó organizado según las decisiones que había tomado con sus asesores.
Richard y Victoria tuvieron que responder por sus propias actuaciones.
Arthur no utilizó su influencia para protegerlos.
Pero tampoco celebró sus problemas.
—Siguen siendo mis hijos —me dijo una tarde—. Puedo quererlos y, al mismo tiempo, dejar que afronten las consecuencias de sus decisiones.
Aquella frase se me quedó grabada.
Porque también tuve que aplicarla a Daniel.
Tres meses después, Caleb estaba