sentado conmigo en el jardín.
Ya podía correr pequeñas distancias.
Tenía el caballo blanco de Arthur en la mano.
—Mamá, ¿por qué ese señor siempre nos mira desde lejos cuando viene Gabriel?
Sabía exactamente de quién hablaba.
Había llegado el momento.
—Porque quiere conocerte.
Caleb frunció el ceño.
—¿Quién es?
Respiré profundamente.
—Tu padre.
Caleb dejó de jugar.
—¿Mi padre de verdad?
—Sí.
—¿El que se fue?
—Sí.
No intenté embellecer la historia.
Le expliqué únicamente aquello que un niño de su edad podía comprender.
Que Daniel había cometido errores.