personales, aunque Daniel enviaba cada mes una manutención considerable y pagaba aparte la matrícula, los libros y el seguro médico.
La ropa que llevaba Ethan era usada.
Los zapatos se los había regalado un compañero.
Muchas semanas no comía lo suficiente.
Miré a mi esposo con incredulidad.
—¿Y tú no sabías nada?
Daniel parecía destruido.
—Laura me dijo durante años que Ethan me odiaba. Que no quería verme.
Hacía seis años que padre e hijo no pasaban un día juntos.
Aquella noche entendí algo.
Daniel no había perdido a su