El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

despeinado y una taza de café en la mano.

—Tampoco dormiste.

Negué.

—No.

Se sentó.

—¿Dónde está Ethan?

—Arriba.

Daniel permaneció en silencio.

Luego dijo:

—Hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Si Mark sabía dónde estaba Ethan aquella noche, ¿por qué no fue por él?

No había pensado en eso.

—Quizá no quería llevárselo.

—Entonces ¿qué quería?

No respondí.

Daniel dejó la taza sobre la mesa.

—Tenemos que hablar con Ethan.

—Sí.

Pero antes de que pudiéramos hacerlo, escuchamos pasos.

Ethan bajó las escaleras.

Parecía no haber dormido.

—¿Puedo hablar