El hijo de mi esposo llegó empapado a nuestra puertakara… veinte años después me entregó las llaves de una mansiónkara

ir allí.

Sentí un escalofrío.

—Entonces ¿por qué pensabas que yo iba a echarte?

Ethan sonrió con tristeza.

—Porque mamá me había dicho que tú no querías que yo estuviera cerca.

Daniel bajó la cabeza.

Aquella frase seguía siendo una herida.

Pero ahora entendíamos algo.

Ethan no había ido a nuestra casa para pedir ayuda por capricho.

Había ido porque era el último lugar que consideraba seguro.

Y alguien había estado siguiéndolo.

—¿Qué pasó con el automóvil? —pregunté.

—Cuando llegué a vuestra calle ya no lo vi.

—¿Estás seguro?

—No.