mirando hacia la carretera.
Y entonces comprendí que algo estaba mal.
—Noah.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
—No puedo decirlo.
—Noah, dime dónde estás.
—Elena…
—¡Dime!
Escuché un ruido al otro lado.
Después un golpe.
Noah dejó escapar un sonido.
Y la llamada se cortó.
Salí corriendo.
—¡Ethan!
Él se volvió.
—¿Qué?
—¿Dónde estabas?
—Aquí.
—¿No entraste en ninguna caja de seguridad?
Me miró confundido.
—¿De qué estás hablando?
—Noah acaba de llamar.
El rostro de Ethan cambió.
—¿Qué dijo?
—Que alguien abrió la caja de seguridad.
—¿Quién?
—Dijo que eras tú.