quisiera arruinarnos la noche —dije—. Algo pasó.
Daniel bajó la mirada.
—Gracias.
Minutos después, Ethan regresó vestido con la ropa de su padre.
Entonces pude verlo mejor.
Estaba demasiado delgado.
Tenía la piel pálida, las clavículas marcadas y unas ojeras impropias de un chico de catorce años.
—¿Ya cenaste? —pregunté.
Asintió por reflejo.
Su estómago rugió en ese mismo instante.
Ethan se puso rojo de vergüenza.
Daniel y yo nos miramos.
—Voy a calentarte algo —dijo él inmediatamente.
Mientras esperaba, señalé la mesa.
Había pastel de calabaza, galletas y fruta.