qué la escondía.
Se secó los ojos.
—Recuerdo que cuando nació Sophie tuve miedo de que ya no hubiera espacio para mí.
Daniel empezó a llorar.
—Y tú nunca permitiste que me sintiera reemplazado.
Yo negué.
—Eso era lo mínimo.
—No.
Ethan habló con una firmeza que me hizo callar.
—Para un niño que lleva años sintiéndose sobrante, hacerle un lugar no es “lo mínimo”.
Me puso otra vez las llaves en la palma.
—Así que no te estoy pagando.
Cerró mis dedos sobre ellas.
—No podría.
—Entonces…
—Estoy haciendo