que no encajaba con las luces del árbol. Permanecía rígida, apoyada en el borde de la silla, como si sentarse del todo le costara.
Era Nochebuena en el ático de Javier y Marta, en Pozuelo de Alarcón. Por los ventanales se veían las luces de Madrid y todo estaba preparado para parecer perfecto.
Daniel había llegado desde Valencia aquella tarde. No veía a su hermano desde hacía casi 8 meses.
—¿Te has caído, peque? —preguntó.
Lucía miró primero a su padre.
Después a su madre.
—No.
—Entonces basta —cortó Javier—.