No conviertas la cena en un interrogatorio.
Daniel no respondió. Javier siempre había sido el hermano que necesitaba controlar la habitación. Si alguien cuestionaba algo, lo convertía en una ofensa personal.
Minutos después, Lucía fue hacia la cocina. Daniel se levantó con la excusa de buscar agua.
La encontró junto a la encimera, abrazándose el vientre.
—¿Qué pasa, cielo?
Lucía bajó la voz.
—¿Tú te enfadas si te digo una cosa fea?
Daniel se agachó hasta quedar a su altura.
—No me voy a enfadar contigo.
La niña dudó y