Lucía se acomodó junto a él y empezó a discutir con Nuria sobre quién se había comido el último trozo de turrón.
La conversación siguió.
Alguien puso música.
Los abuelos lloraron discretamente.
Daniel miró por la ventana.
Madrid brillaba al fondo.
Durante mucho tiempo había pensado que aquella familia se destruyó la noche en que Lucía susurró que la silla le dolía.
Con los años entendió que no.
La familia ya estaba rota.
Lo único que aquella niña hizo fue decir la verdad.
Y la verdad no destruyó su hogar.