En plena cena de Nochebuena, mi sobrina de 5 años me susurró que la silla le dolía mientras sus padres seguían brindando como si nada. Entonces oí a su padre: «Deja de hacer teatro». No discutí: salí a la cocina y llamé a una pediatra. Dos horas después, un audio recuperado de la casa reveló una segunda voz que nadie esperaba.

Una tía acusó a Daniel de destrozar la Navidad. Otros dejaron de responder mensajes.

Entonces apareció Nuria, una antigua cuidadora de Lucía.

Había trabajado con la familia 2 años antes.

—Yo también vi cosas —dijo—. La niña tenía miedo de quedarse sola con Javier. Se lo conté a Marta.

—¿Qué hizo?

Nuria abrió el bolso y dejó sobre la mesa una copia de un acuerdo de confidencialidad.

—Me despidieron esa misma tarde.

Pero el golpe definitivo llegó horas después.

La Policía obtuvo autorización para revisar el sistema domótico del ático.