esas decisiones sean tuyas.
No de tu madre.
No de mi madre.
Y finalmente, tampoco mías.”
Laura cerró los ojos.
Después me entregó la carta.
—¿Qué hago?
La pregunta me sorprendió.
—No lo sé.
—Usted fue su esposa.
—Sí.
—¿Qué cree que él habría querido?
Pensé.
Después negué.
—No importa.
Me miró.
—¿Qué?
—Eso es exactamente lo que todos hicieron durante cuarenta años.
Decidir pensando qué quería otra persona.
Tomé su mano.
—¿Qué quieres tú?
Laura miró la casa.
—No lo sé.
—Entonces no decidas hoy.
Se rio llorando.
—Eso