con sus amigos.
Laura se acercó.
—Acepté la casa.
—¿La azul?
—Sí.
—¿Vas a vivir ahí?
Negó.
—Tengo otra idea.
Seis meses después abrió sus puertas.
La convirtió en un pequeño centro gratuito de orientación para padres e hijos separados por conflictos familiares.
Abogados voluntarios.
Terapia.
Mediación.
Ayuda para localizar familiares.
No llevaba el nombre de Alejandro.
Fue decisión de Laura.
Lo llamó:
PUERTA ABIERTA.
En la entrada había una frase:
“El amor no debería depender de quién controla la dirección.”
El fideicomiso financió parte del proyecto.
El resto quedó