llamó basura.
Luego, cuando vio que nada funcionaba, bajó la voz.
—¿De verdad me vas a dejar solo?
Yo estaba de pie junto a la ambulancia privada.
La tarde olía a lluvia y a pan dulce del local de la esquina.
La ciudad seguía.
Una señora compraba bolillos.
Un niño jalaba a su mamá para pedir una dona.
La vida tenía una crueldad rara: seguía incluso cuando una
mujer enterraba un matrimonio.
—No estás solo —dije—. Estás cuidado. La diferencia es que ya no estás obedecido.
Él lloró.
Esa vez