sí parecía miedo.
—Yo te necesitaba.
—No. Me usabas.
—No sé ser otra cosa.
Sentí un dolor viejo.
Porque tal vez era verdad.
Pero yo ya no tenía que pagar la incapacidad emocional de un hombre con mi espalda, mis manos y mi juventud.
—Aprende —le dije.
La ambulancia se fue.
Yo me quedé en la banqueta, sin saber qué hacer con los brazos.
Por primera vez en cinco años, nadie iba a llamarme a las tres de la mañana.
Y en vez de sentir libertad, sentí vacío.
Un vacío