Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

de alguien.

Después abrí las ventanas.

Entró aire.

Aire real.

No olor a pomada.

No cloro.

No sopa recalentada.

Aire.

Esa semana fui al centro de Coyoacán.

Sola.

Me senté frente a la fuente, compré un elote con chile del que antes evitaba porque a Esteban le molestaba el olor, y me manché la blusa.

Me reí.

Nadie me regañó.

Luego entré a una panadería y compré una concha de vainilla.

No para él.

Para mí.

La mordí caminando despacio por la plaza, viendo parejas, vendedores, globos, niños corriendo detrás