de alguien.
Después abrí las ventanas.
Entró aire.
Aire real.
No olor a pomada.
No cloro.
No sopa recalentada.
Aire.
Esa semana fui al centro de Coyoacán.
Sola.
Me senté frente a la fuente, compré un elote con chile del que antes evitaba porque a Esteban le molestaba el olor, y me manché la blusa.
Me reí.
Nadie me regañó.
Luego entré a una panadería y compré una concha de vainilla.
No para él.
Para mí.
La mordí caminando despacio por la plaza, viendo parejas, vendedores, globos, niños corriendo detrás