Después de cinco años bañando a mi esposo paralítico, lo escuché reírse y decir que yo era “una enfermera gratis”. Ese día no grité… ese día empecé a quitarle todo sin que se diera cuenta.

enorme.

Como una casa después de sacar un mueble podrido que llevaba años oliendo mal.

La casa quedó en silencio.

No bonito al principio.

Silencio de susto.

El primer día limpié la sala.

Quité la cama hospitalaria.

Cuando

los camilleros se la llevaron, la marca de las ruedas quedó en el piso. 

Pasé el trapeador una vez.

Dos.

Tres.

No salía.

Me senté y lloré.

No por Esteban.

Por la Brenda de veintinueve años que puso esa cama con esperanza, creyendo que el amor también podía rehabilitar el alma