enorme.
Como una casa después de sacar un mueble podrido que llevaba años oliendo mal.
La casa quedó en silencio.
No bonito al principio.
Silencio de susto.
El primer día limpié la sala.
Quité la cama hospitalaria.
Cuando
los camilleros se la llevaron, la marca de las ruedas quedó en el piso.
Pasé el trapeador una vez.
Dos.
Tres.
No salía.
Me senté y lloré.
No por Esteban.
Por la Brenda de veintinueve años que puso esa cama con esperanza, creyendo que el amor también podía rehabilitar el alma