que pagar cuidados profesionales, medicamentos y adeudos que había escondido mientras yo vendía ropa para completar la despensa.
No me quedé con todo.
Nunca se trató de eso.
Me quedé con lo mío.
Que, después de cinco años de sentirme prestada, se sintió como una fortuna.
Tomás apareció una última vez.
Llegó sin gritar.
Sin gorra.
Sin soberbia.
—Mi papá me dijo que ya no puede ayudarme.
—Lo sé.
—También
me dijo que fue tu culpa.
—Seguro.
Se quedó parado en la entrada.
—Encontré los audios.
Lo miré.
—¿Cuáles?
—