Los que mandaba a sus amigos. Hablando de ti. De mí. De todos.
Su cara estaba pálida.
—A mí también me usó.
No dije “te lo dije”.
No le habría servido.
—Lo siento.
Tomás bajó la mirada.
—Fui un imbécil contigo.
—Sí.
—Perdón.
La palabra llegó tarde, pero llegó.
—No sé qué hacer con ese perdón —respondí—. Pero no te deseo mal.
Él asintió.
—¿Puedo llevarle ropa al centro?
—Sí. Coordínalo con la administración. No conmigo.
Entendió.
Eso fue lo más parecido a una paz.
Un año después, la sala