Compré dos.
Una de vainilla.
Una de chocolate.
Me senté en una banca afuera y las puse sobre mis piernas.
Durante años compré sus favoritas.
Ese día probé la de chocolate.
Me gustó más.
Mucho más.
Me reí sola, con azúcar en los dedos y sol en la cara.
Cinco años pensé que el amor era quedarme aunque me rompiera.
Después entendí que amor también era llamar a una enfermera, contratar una
abogada, abrir ventanas, quitar una cama de hospital de la sala y decir:
“No voy a abandonar a