Nadie me odia, pero nadie me obedece por amor.
Creo que eso
era lo que yo confundí contigo.
No sé pedir perdón sin querer algo a cambio. Estoy aprendiendo.
Esteban.”
La doblé.
No lloré.
La guardé en una caja, no por cariño, sino como prueba de que hasta los monstruos cómodos pueden verse en un espejo cuando se les apaga el servicio.
No volví con él.
No hacía falta para que mi historia tuviera compasión.
La compasión también puede tener puerta cerrada.
Un domingo fui a La Esperanza por conchas.