te abren los ojos.
Cuando le puse todo sobre el escritorio, ella solo dijo:
—Brenda, tu esposo no necesita una enfermera. Necesita una demanda.
Ese viernes regresé a casa temprano.
Esteban estaba en la sala, hablando por teléfono con Tomás.
No me oyó entrar.
—No te preocupes —decía—. En cuanto yo falte, la saco. La casa queda para ti.
Me quedé parada detrás de él.
Y por primera vez en cinco años, no sentí tristeza.
Sentí paz.
Apagué la licuadora que sonaba en la cocina.
Esteban volteó.
Su sonrisa se