sostenerlo.
—Hay una razón por la que necesitaba dos pulseras exactamente iguales… y me vas a odiar cuando la escuches.
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Sentí como si todo mi cuerpo se hubiera convertido en piedra.
—Dímelo.
Puso las manos sobre la mesa. Sus dedos temblaban.
—La segunda pulsera no era para otra mujer.
Solté una risa seca y vacía.
—Claro. Ahora me dirás que era para una compañera de trabajo, para tu hermana o para tu madre…
—No —me interrumpió—. La compré para nuestra hija.
La habitación quedó