giré.
Richard y Grace caminaban hacia mí con dos refrescos fríos y una sonrisa.
Grace corrió delante de él, se sentó a mi lado y me rodeó la cintura con un brazo.
—¿Se lo contaste a papá? —preguntó suavemente mientras miraba la placa de bronce.
Sonreí y besé la coronilla de mi hija.
—Le dije que eres la niña más inteligente y valiente del mundo.
Richard se sentó al otro lado del banco.
Apoyó una mano cálida y firme sobre mi hombro.
—Gracias por volver, Evelyn —susurró con la voz