tan orgulloso de ti —le susurré cuando me abrazó por la cintura.
—Lo sé, mamá. Lo siento siempre.
El recuerdo que no se apaga
Trece años atrás, Julia tenía cinco cuando su hígado empezó a fallar. Me ofrecí como donante, pero el médico negó con la cabeza: no era compatible. Entonces Bruno dio un paso adelante. Tenía dieciocho años y era compatible al cien por ciento.
—Mi amor, sé que quieres ayudarla, pero tú también eres mi hijo —le rogué.
Me tomó de la mano.
—Es mi hermanita, mamá. ¿Cómo