y la abuela?
Mi garganta se cerró.
—Sí, cariño.
Mi padre dio un paso atrás.
—Entren —dijo.
No hubo calidez en su voz. No hubo perdón. Solo miedo.
La sala seguía igual que en mis recuerdos. El sillón reclinable de cuero. La lámpara de pie junto a la ventana. El reloj de pared que sonaba demasiado fuerte cuando nadie se atrevía a hablar.
Leo se sentó en el borde del sofá, con las manos sobre las rodillas. Había aprendido a hacer eso cuando estaba nervioso: quedarse muy quieto, como si