golpes con los nudillos.
–Viejo.
Aparté su mano.
–No toque eso.
Me miró como si yo fuera una empleada insolente.
–Este edificio será demolido.
–Todavía no.
–Señora Bennett, entiendo el apego emocional.
–No entiende nada.
Sonrió.
–Todo el mundo dice eso hasta que aparece una cifra suficientemente grande.
–Yo no estoy vendiendo.
–No necesita vender. Usted renta.
Se acercó al mostrador.
–En 11 días, este lugar será nuestro.
Sacó una tarjeta.
La dejó delante de mí.
–Si coopera, quizá podamos pagarle el traslado.
–¿Y los otros negocios de la calle?