de nieve.
Tenía los labios morados.
Abrí inmediatamente.
–Entre.
Dio 2 pasos y tuvo que sujetarse de una silla.
–No tengo dinero.
–Siéntese.
–Dejé mi cartera y mi teléfono. No puedo comprar nada.
–No le pregunté cuánto dinero tiene.
Lo llevé hasta una mesa junto al horno.
Le puse una manta sobre los hombros y acerqué el pequeño calefactor que usábamos en invierno.
Sus manos temblaban tanto que apenas podía juntarlas.
–¿Cuánto tiempo estuvo afuera?
–No lo sé.
–¿30 minutos?
Negó con la cabeza.
–Quizá más de 1 hora.
Fui