sabía nada.
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Una risa amarga escapó de sus labios.
—Qué ingenua fui.
Dos días después, el dinero desapareció oficialmente.
Y tres días más tarde, Mariana fue acusada.
—¿Por qué no denunciaste?
Mariana lo miró.
—Lo hice.
Aquella respuesta dejó a Alejandro inmóvil.
—Fui a la fiscalía. Entregué copias de algunos registros. Una semana después, un abogado de los Robles apareció en mi casa.
Mariana tragó saliva.
—Me dijo que si seguía hablando, terminaría en prisión.
—Eso no podía garantizarlo.
—No fue lo único que dijo.
Mariana miró hacia la