que una llamada de Teresa bastaba para ponerla tensa.
Una noche me dijo algo que no olvidé.
—No necesito que me prometas que nunca vas a equivocarte otra vez. Necesito saber que cuando te diga que algo está mal, no vas a esperar a verlo con tus propios ojos para creerme.
Esa era la herida entre nosotros.
No solo lo que Teresa había hecho.
También el tiempo que yo había tardado en reconocerlo.
Meses después, la gaveta de la cocina seguía ahí.
El pequeño seguro ya no.
Lo quitamos