cuando reorganizamos el mueble.
Durante un tiempo quedó vacía.
Ninguno de los dos parecía querer usarla.
Hasta una tarde en que Sofía estaba ayudando a poner la mesa.
—¿Puedo llevar las servilletas? —preguntó.
Valeria le dijo que sí.
Sofía abrió aquella misma gaveta y sacó tres.
Una para su mamá.
Una para mí.
Una para ella.
Luego cerró el cajón con la cadera y corrió hacia la mesa.
Nadie la apuró.
Nadie revisó si lo había hecho perfecto.
Y cuando dejó una servilleta torcida junto a mi plato,