arena se desplazaba bajo mis pies.
Mi padre había muerto.
Mi hija se estaba muriendo.
Y pronto me quedaría completamente sola en este mundo.
Esa misma tarde, ya en la habitación del hotel, ayudé a Sophie a cambiarse y ponerse un vestido seco para la cena.
Llamaron a la puerta con firmeza.
Al abrir, me encontré al gerente del hotel en el pasillo.
Sostenía una caja grande de color marrón.
Su rostro mostraba un gesto sombrío.
—Señora —dijo—, ¿podría pasar un momento?
—¿Pasa algo malo?
—No. Nada malo. —Hizo una