a terapia, primero por separado y luego juntos. Rodrigo les contó la verdad a nuestros hijos. No la historia bonita de la tía Adela. Toda la verdad, incluida la parte en que reconoció: «Convertí una promesa buena en una excusa para controlar algo que no me pertenecía». Julieta le preguntó: «¿Y ahora qué haces?». Rodrigo me miró. «Ahora aprendo que el amor no te da derecho a decidir por la persona a la que dices amar».
Pasaron tres años. Mi pelo volvió a crecer: primero hasta los hombros, luego hasta