mí. Te pedí que pararas. Lloré en esa silla. Nuestra hija te preguntó por qué lo hacías.
—Lo sé. Lo sé. Lo sé.
Me puse de pie.
—Entonces no me digas que lo hiciste por Adela. La promesa que le hiciste puede explicar el primer corte. No justifica los siguientes.
Lloró más fuerte.
—Tienes razón.
Y por primera vez no trató de explicarme por qué él sabía mejor.
Lo que vino después
Rodrigo volvió a casa dos semanas después. Yo no me había ido. Pero tampoco lo perdoné enseguida. Fuimos