durmiendo. El lunes por la mañana me llamó desde la parada del autobús y me rogó que fuera a buscarla.
—¿Así que la dejaste desaparecer durante una semana?
—Le di un lugar seguro al que ir.
—¡Eso no es lo mismo que solucionar el problema!
—Lo sé.
Su respuesta me sorprendió.
No había defensa en su voz.
Solo agotamiento.
—Sé que debería haberte llamado, Zoe. Lo hice mal.
Metió la mano por la ventanilla abierta de la camioneta y sacó un cuaderno amarillo.
—No solo estuve conduciéndola de un lado